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Fui a misa. Comulgué. Confesé mis pecados pero nunca dejé de repetirlos.
Hay una que mujer conoce el pecado que nunca diré.
De chico me guardé algún vuelto cuando volvía de la Despensa “La Bienvenida”, no supe qué inventar cuando rompí las zapatillas nuevas jugando al fútbol, enmudecí con algún que otro aplazo en geometría y también, oculté alguna temprana embriaguez.
A veces pienso que debe pedirme disculpas el Ángel de la Guarda. Les contaba que era niño cuando aprendí, de memoria, “Ángel de la guarda, dulce compañía…”. A los pocos años reemplacé las primeras palabras de esa oración por el nombre de mujeres. Las mujeres me fueron olvidando con el tiempo, me “desampararon de noche y de día”, finalmente. Como en un mal presagio.
Cuando estuve en solitario, acurrucado en la cama pensado qué decirles, no se me ocurría nada, solo recitaba mis oraciones y salía a buscar el sueño como un tesoro.
Hoy, esas mujeres se han ido para siempre, y yo sé, que me he ido de ellas también para siempre.
Suele encontrarme la madrugada despierto.
Empiezo a creer que cuando intento pensar qué decirle a Alejandra, sin querer inicio el rezo: “Ángel de la guarda…”. No sé a dónde van a parar las palabras, pero algunas noches me siento solo, abandonado de mí mismo, y le pido el ángel que venga y me cuente alguna historia al oído. Pero sigo solo.
Duerme solo mi hijo, acurrucado, envuelto en niñez. Por tradición y buena voluntad (esa herencia que muchas veces reprochamos pero que igual repetimos) decidimos unir a Catriel al catolicismo.
Duerme solo Catriel. Enredado en algún sueño. Lo veo solitario y entonces, lejos de mutar a ángel, tomo las alas tiernas, la túnica blanca, la belleza mítica, los cuentos y arrimo una silla a la cama de mi hijo para cuidarlo, para “no desampararlo ni de noche ni de día”, para estar con él y enseñarle, también, otras oraciones, otros versos menos solitarios. Otra historia más humana, una niñez más real.
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