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A veces, enmudecer voluntariamente o no, resulta ser el mejor homenaje a la palabra. Lo que no se dice, también dice demasiado.
El verso es escurridizo. La idea y la eventual metáfora también lo son.
Lamentablemente no existe un curso (tal vez sí algún método dado por los años pero que resulta intransferible) para escribir un poema.
Escribir un poema, dice Borges (los libros lo siguen diciendo por él) es “ensayar una magia menor”. El poeta a veces se plaga de supersticiones, piensa en el amuleto efectivo. Le pide a la noche una línea… pero nada… eco, silencio, sombra, oscuridad… y el verso enfrente como desafiándolo.
¿Se ha quedado acaso, sin universo?
El arte se toma sus licencias sin previo aviso. No contesta los correos, no nos da señales, el artista sufre esa especie de abandono que en cierta medida lo preocupa, a veces, demasiado.
Algunas veces cree que lo han despedido, o que sin querer entregó la renuncia alguna vez pensada. Y ya no puede escribir los versos más tristes o menos tristes, en la noche o en el día.
El tiempo, las reiteraciones en los silencios, terminan siendo parte del oficio del escritor (y no sólo del escritor, sino de cualquier artista).
Todos recomiendan leer mucho y escribir poco. Invertir esta premisa nos pone al límite del riesgo de reiterarnos sin darnos cuenta. De volvernos tan binarios como predecibles. De celebrar dos veces el mismo verso y desconocer, como suma, que ni siquiera es propio.
Cuando nos quedamos sin palabras tal vez signifique el paso previo a materializarla, a inventarle un nuevo costado, a pensarle un perfil y cumplir con aquello que, parafraseando a Borges, reza, eso de que todos hemos escrito alguna vez un verso feliz y también, el más desdichado.
Las musas también descansan, se toman sus licencias que nos licencian a nosotros. Nos vuelven, tal vez, más pensantes.
La palidez y el temor de un poeta que no escribe por un tiempo, no se debe al miedo de haber olvidado un ejercicio, un oficio, sino, por el contrario, a no saber qué sucederá después cuando el verso retorne sin previo aviso…
Cuando queremos taparle la boca al silencio, es porque tememos todo lo que se pueda llenar prescindiendo de la palabra… y del poeta.
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